Soy poeta,
me lo dice mi esquizofrenia
lo confirman las voces que hicieron mi voz
me fraguaron los laberintos infinitos del Río de la Plata
o a caso lo hicieron las musas silenciosas de Moscú, los discos progresivos, las formas de cada una de las nebulosas a las que he viajado, el silencio en el hielo marchito donde está mi habitación, ahí donde confundo las dimensiones y los viajes intergalácticos son novelas que nadie relató.
Me volví poeta
porque las noches eran vírgenes y verdes las casas de los astros
o porque nunca leí un poema antes de escribir uno
ni me senté junto a la ventana para ver la luna explotar
sino que puse un lienzo en la avenida más violenta y dejé que la polución, los grafitis, las tragedias de las aves, un auto errante y la hipotermia de un escritor, me regalaran las estrofas que esculpí en la línea del cielo.
Seré poeta
pues ya sabemos que la poesía no existe
y es más bien el eco del último grito de una gaviota anunciando la muerte,
miles de esferas que dejan atrás los caminos de la oscuridad
que transito como un persistente lago de ausencia, y las balsas son canciones que a veces nos salvan del horizonte que de a ratos se funde como suelen hacerlo las piedras en los soles a los que nos dirigimos por aquellas viejas vías, en ésas donde nos sentamos y esperamos a que no se nos vaya el último tren.
Soy poeta
los espejos suelen llamarme Krishna
aunque creo que mi nombre es un silencio
todo yo soy un paréntesis con novelas incompletas bajo los brazos
perdido dentro del corredor que me lleva a las sendas de un sueño donde ya mis ojos cambian y mi cabello es negro como la sombra de un reino al que las tragedias le roban la poesía.
K. Avendaño